Cómo va la vida?

Una de las cosas más desasosegantes de esta sociedad occidental es la insoportable levedad de la clase “educada”. Esa supuesta educación, apenas una habilitación técnica estrecha, y las tribulaciones del sobrevivir, las ha dejado anémicas de principios básicos. Es una clase ignorante y despojada de realidad, como esas señoritas de Serrano para las que nunca pasa nada y siempre es domingo en su nimbo de mimosas, croquetitas y caviar. A ello se añade la ofensiva de la izquierda, que, como el lobo de caperucita, se embadurna de falsos principios morales en los que se encapota este “1984” del siglo XXI en cualquiera de sus nombres o formas.

Las sociedades occidentales toman como fuente de sus principios básicos de organización social y legal las premisas de la civilización cristiana cuya raíz es el antiguo y el nuevo testamento. La civilización occidental es una civilización cristiana. Esta verdad básica, se niega, se omite, se silencia como si fuera una locura impensable.

Los elementos básicos de nuestro derecho vienen del antiguo testamento. La presunción de inocencia, principio básico en todo sistema legal que se precie, se describe en el Deuteronomio 19:15 donde se dice: “Un solo testigo no bastará contra ninguno por cualquier delito, o por cualquier maldad o por cualquier pecado que se haya cometido. Por boca de dos testigos o por boca de tres testigos se establecerá el asunto” Este mecanismo evita el falso testimonio y ayuda al establecimiento de la verdad.

En Levítico 19,15 se establece el debido proceso de la justicia, declarando la igualdad de todos ante la ley:” No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo.”

Igualmente, en Levítico 19,15 se describe el juicio de los iguales:” No actúes con injusticia cuando dictes sentencia: ni favorezcas al débil, ni te rindas ante el poderoso. Apégate a la justicia cuando dictes sentencia.”

Los tres principios básicos que sostienen nuestro sistema legal en Occidente, la presunción de inocencia, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y el juicio de tus iguales (el jurado) son principios cuyo origen está en el antiguo testamento. Es cierto que el desarrollo de la coyuntura legal de Occidente fue largo y su sistematización partió de Las Doce Tablas, que fueron el primer código legal escrito de la antigua Roma alrededor del 450 a.C. La idea de su publicación era garantizar la igualdad ante la ley y evitar la arbitrariedad de los patricios sobre los plebeyos. El hecho de que las leyes fueran públicas y estuvieran grabadas en doce tablas de bronce en el Foro Romano, sentó las bases del derecho romano y estableció principios de derecho público y privado. Siglos después el Código Legal de Justiniano, parte del Corpus Iuris Civilis, fue una compilación de leyes romanas promulgada por el emperador Justiniano I en el siglo VI d.C. (publicado en 529 y 534 d.C.) para unificar, aclarar y actualizar el derecho romano disperso, sentando las bases del derecho moderno y la influencia duradera en los sistemas legales occidentales.

Desde que la ilustración instauró el dogma de que el mundo era inteligible y no hay nada más, la vida empezó a brotar de sí misma. La decisión de ignorar activamente la trascendencia humana, esa tendencia futuriza que diría Julián Marías en su “Antropología metafísica”, ha vaciado poco a poco al hombre de sentido. Todo se ha vuelto sobre sí mismo incluida la belleza, que ha pasado de ser un esfuerzo por superar, trascender a una expresión personal de demonios interiores y momentos sin enhebrar.    

Esta descristianización ha llevado a ese relativismo moral según el cual la religión es solo un mito, no hay valores inmutables, y todo es una opinión. Por eso cualquier religión es “respetable” porque ninguna lo es y todas son iguales, mitos y leyendas para gente menor. Y con esta lógica, llegamos hoy al absurdo de equiparar la cristiandad con gente que adora a pedófilos, o con los que no comen vacas, o con los que sacaban corazones con cuchillos de obsidiana y adoran el sol.

¿Porque es importante notar esta disfonía? El disenso entre las creencias de esta sociedad y las premisas básica de su sistema legal, que son muy diferentes actualmente, está llevando a este callejón sin salida en el que estamos.  John Adams decía: “Nuestra constitución fue hecha únicamente para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro.”  La moral y la virtud son el fundamento básico de cualquier república y esas virtudes son absolutamente necesarias para que una sociedad sea libre y próspera. No se puede tener una constitución, una serie de principios legales, basados en unos valores que no son refrendados por la sociedad que esa constitución gobierna. Una de las contradicciones más peligrosas de nuestra sociedad es esta depauperación moral conseguida a través del relativismo.

Tanto la Revolución Francesa (1789-1799) como la adopción de la Constitución Americana (1787), dos eventos coincidentes en el tiempo y que marcaron el inicio del mundo contemporáneo, son semejantes en su ascendencia cristiana. Ambas estuvieron influenciadas por la Ilustración y llevaron a la creación de nuevas formas de gobierno basadas en la soberanía popular y la división de poderes. Sin embargo, se diferencian en sus orígenes, la americana fue una revolución independentista y cristiana, mientras que la francesa fue una transformación social y política radical, con más violencia y fracasos que la americana. Desde entonces hay un cisma entre Europa y América. Europa no entiende la raíz profundamente cristiana de los Estados Unidos.

La revolución francesa que proclama “Liberté, égalité, fraternité” basa esos tres principios básicos de su organización social en conceptos bíblicos. No hay sistema legal sin valores y la revolución francesa es profundamente cristiana sin saberlo.

La libertad es el eje del sujeto moral. Al ser libre, el ser humano elige sus acciones y, en consecuencia, es responsable de ellas. Esta libertad permite al individuo determinar su propia conducta, el hombre puede estar condicionado, pero jamás determinado y ahí reside el ultimo reducto de su libertad. Ello hace que sus actos sean calificables moralmente como buenos o malos. Esta libertad erige al individuo en un sujeto autónomo, uno, indivisible e inefable. Y así es como Dios nos creó. En Gálatas 5:13 se dice:  Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor.”

Igualdad, la igualdad de los hombres en su dignidad viene del hecho de que todos somos hijos de Dios. Esa igualdad se fundamenta en la creencia de que Dios creó a todos los seres humanos a su imagen y semejanza, otorgándoles igual valor y dignidad. Esta igualdad de valor no implica necesariamente roles idénticos o autoridad igual en todas las esferas, sino que se manifiesta en la necesidad espiritual compartida de salvación, el amor igualitario de Dios. Este principio busca la justicia y ha influido en el desarrollo de las ideas modernas de igualdad social y democracia.

Por último, tenemos el concepto de fraternidad. La fraternidad es un principio cristiano fundamental, pues implica reconocer a Dios como Padre común y a todos los seres humanos como hermanos. Solo somos fraternos como hijos iguales de Dios. Esta fraternidad se basa en la aceptación del otro como un hijo de Dios, no como un extraño o enemigo.

Así que … la revolución francesa encumbra ideas cristianas. ¡Qué sorpresa!

Nadie ha sabido explicar porque somos libres, porque tenemos conciencia moral (la idea de bien y mal moral) o porque somos fraternos sin recurrir a la trascendencia. Las fraternidades comunistas de clase, la descripción de lo que es libertad o igualdad fuera de ese marco trascendente ha producido Hegel y su idea de libertad como voto de la mayoría en una circunstancia, o una igualdad circunstancial de objetivos materiales en la lucha de clases. Nada de nada.

Esta proclividad del hombre a la trascendencia, descrita con profundidad por Max Scheler hace 100 años ahora, es algo que se empieza a notar en esquinas de la sociedad europea y empieza a ser “moneda corriente” ahora en USA. De hecho, Scheler ya alertaba que la sociedad europea se había descristianizado progresivamente durante 2 siglos. Quizá estuviera en lo cierto y hoy estamos en las batallas finales entre los “Sin Dios” (descendientes de Alinski, Marcuse, Marx) y los últimos “Cristianos”. La iglesia católica no ha dejado de contribuir a esa descristianización con una visión Tomista excesivamente burocrática y algo mecanicista.        

Las generaciones que vienen ya han intuido el vacío de esta sociedad de momentos sin tiempo, falto de esa hebra que enlaza vida, muerte y trascendencia. Los viejos de ahora mueran amargados y solos con sus palos de golf, sus pantalones cortos de Alcaraz sin piernas ni porvenir o las uñas pintadas en un tocador abrumado con perfume de dama elegante. Los que inventaron la tarjeta de crédito, el fin de semana y la semana de la nieve se van y no dejan nada detrás, desaparecen sin rastro. Puff!   

Referencias

John Adams, “Letter from John Adams to Massachusetts Militia,” 11 October 1798.

Byung Chul Han, cualquiera de sus libros, que son una basura intelectual, muy famosos en esta época de ciegos guiados por tuertos con gafas mal graduadas. Siempre habla del tiempo sin horizonte y de Hegel. Son todos lo mismo.

On the eternal in man by Max Scheler 1921

Rules for radicals by Saul Alinski 1971

Repressive tolerance by H Marcuse 1965