Darwin resumió el mundo en una historia de monos camino a la depilación. Pero más recientemente, Kierkegaard habla del conocimiento como recuerdo, tiempo pasado y de la repetición como una mirada hacia el futuro, hacer que lo que ya ha sido sea de nuevo en un presente que nunca es igual.
Hablando de monos, recordaremos a Koko, un gorila del zoo de San Francisco, que murió en 2018 por causas naturales y recibió un obituario en el NY Times. Koko tuvo sus 15 minutos de gloria warholiana irrelevante porque una psicóloga le enseñó el lenguaje de signos. Aprendió más de 1,000 palabras durante 4 décadas. La forzada conclusión era que la capacidad de aprender un vocabulario tan extenso borraba la línea entre los seres humanos y primates no humanos. Lo que Koko jamás hizo es preguntar nada. El hombre, como dice Baron-Cohen, mira al mundo pregunta y sistematiza. Lo que el NY Times, la psicóloga de marras, Francine Patterson, y el resto de coros universitarios trataban de hacer es confirmar la premisa de que todo es aprendizaje y por tanto predecible como el motor de un Mercedes-Benz.
Siguiendo las noticias de las portadas tenemos dos casos paradigmáticos de la decadencia y podredumbre moral e intelectual de nuestra universidad, y sociedad en general. Estos son simplemente los dos últimos. Pero ambos están directamente relacionados con la visión del ser humano como una máquina de resultados esperables en la que el manejo del ambiente asegura el comportamiento esperado y querido. Estos resultados predecibles, arrasan la agencia del ser humano, su libertad y al final niegan su humanidad.
El caso de le enfermera Lindsay Clancy que el 24 de enero de 2023, y mientras su esposo estaba haciendo recados que ella le había pedido, estranguló a sus tres hijos uno por uno con bandas elásticas en el sótano. Luego intentó suicidarse cortándose las muñecas y el cuello y saltando desde una ventana del segundo piso. El juicio, como muchos en América, se ha convertido en un circo de feministas que han convertido el caso en una diatriba de opresión patriarcal y marasmo hormonal en el que entre otras cosas se han donado más de 1,000,000 $ a la asesina, que ha confesado su crimen. La línea de la defensa es la depresión post-parto y la anulación de la voluntad libre para exonerar de cualquier responsabilidad jurídica y moral la asesina. Otra vez, como con Koko, reducimos el hombre a mecanismos predecibles como el motor de ese Mercedes.
Otro caso reciente igualmente trágico e intelectualmente deleznable es del timador, defraudador, embaucador, tramposo y tunante (por usar una terminología de la picaresca española) Jason Arday. Arday era un “profesor” de sociología en Cambridge, puesto que consiguió a pesar de su inexperiencia y limitada carrera académica por el color de su piel. Además, su carrera académica era una sarta de plagios de otros autores. Su doctorado tenía más de 100 pasajes copiados de otros textos publicados 6 años antes. A pesar de ello, la corrupta universidad John Moores de Liverpool que le otorgó el Doctorado dijo que esos pasajes eran “errores honestos y razonables”. De las hazañas deportivas de las que presumía, como los 30 maratones en 30 días, o las 600 millas (965 kilómetros) en seis días, no hay pruebas en ningún sitio. Lo mismo ocurre con las historias de abusos racistas sufridos en el ámbito académico, junto con la denuncia de ataques con cuchillo y hasta el envío a su casa de una cabeza de cerdo que la policía nunca confirmó. ¡Farsa! Al final, incapaz de asumir su propia historia se suicidó y deja viuda y dos hijos. Al final la mayor tragedia son esos dos hijos y su viuda. La recaudación total del fondo oficial en memoria del profesor Jason Arday alcanzó más de 300,000 $ antes de ser cerrada de forma definitiva. Como siempre en estos casos, es un ejemplo más de racismo estructural y opresión del poder “blanco”. No hay agencia en el ser humano y todo es explicable por las circunstancias.
Sin embargo, esta empatía esta solo reservada para categorías específicas, la premisa no se aplica a todo el mundo por igual. Por poner un ejemplo, John Battaglia asesinó a sus dos hijas en un momento que los psicólogos forenses calificaron de psicosis derivad de un trastorno bipolar severo. El jurado deliberó durante 19 minutos y fue ejecutado en 2018. ¿Su culpa? Ser hombre y blanco. La falta de agencia no se aplica al sexo masculino ni a los blancos en general.
El abandono de una visión del mundo en el que el hombre está al mando de su propio destino a través de su capacidad de elección moral, del sentido trascendente de la vida, de ese hombre futurizo de Julián Marías, de ese hombre con esperanza viene de lejos. Pero nos vamos a centrar en los últimos 100 anos.
La escuela de Frankfurt se funda en 1923, oficialmente el Instituto de Investigación Social. En 1934 se mudan a la Universidad de Columbia. La decadencia intelectual de las universidades americanas ha sido un proceso largo pero inexorable. Los miembros de esa escuela, Marcuse, Horkheimer, Adorno, Benjamin entre sus más afamados miembros, produjeron durante las siguientes décadas los argumentos para demoler la civilización occidental que los vio nacer con argumentos no solo falsos, sino que denotaban también su ignorancia deliberada de los principios básicos de esa civilización. Sus escritos quisieron desmantelar la infraestructura de esa civilización, entre ellos la razón, la familia, la tradición y la autoridad.
Lo llamaron la teoría crítica, no construyeron nada, pero criticaron todo. Horkheimer y Adorno argumentaron que la razón occidental, la que explicaba los aspectos mecánicos y materiales del universo contenía el germen de Auschwitz. No dijeron que la razón había sido utilizada erróneamente, pero que la razón en sí misma conduce a los campos de concentración. Horkheimer despreciaba al hombre cristiano y su trascendencia porque en su falta de entendimiento básico del mundo pensaba que la libertad del sacrificio y autonegación es un oposición a la naturaleza, a la mecánica material del mundo.
Adorno (La personalidad autoritaria de 1950), acuña el término de personalidad autoritaria y clasifica la fe religiosa, el patriotismo, el conservadurismo y la familia tradicional no como posiciones políticas o filosóficas sino como síntomas de una personalidad proto-fascista. En esa circunstancia la política se convierte en terapia y el desacuerdo es una patología. Marcuse escribe el ensayo “Tolerancia represiva” publicado en 1965, en el que esgrime que tolerar ideas erróneas es una opresión en sí misma. La tolerancia verdadera consiste en suprimir ideas intolerantes, pero ¿quién es el juez que dictamina que es una idea intolerante? La izquierda decide que ideas son aptas para el consumo social. Desde entonces en toda discusión política, la izquierda califica como moralmente abyecta toda idea alternativa a sus posiciones. Políticas diferentes ya no son alternativas en el marco de la discusión democrática, sino que son ideas moralmente desdeñables y que no merecen diálogo y por tanto deben ser silenciadas. Es por ello que el debate político de estos últimos 60 años se ha convertido en un debate de moralidad infantiloide. La visión puramente materialista de la escuela de Frankfurt utiliza los conceptos de bien y mal social, pero es incapaz de articular el concepto de bien o mal, que son conceptos morales y por tanto individuales y trascendentes.
Todos estos estudiantes que mamaron estas ideas se convirtieron en profesores en Columbia, Yale, Berkeley, Harvard; se hicieron funcionarios de carrera en el departamento de Estado; se incorporaron a los medios de comunicación y han estado promulgando ideas antioccidentales desde sus cómodas posiciones otorgadas por las mismas ideas que “combaten”.
Los franceses tuvieron su especificidad francesa hecha de baguette y Derrida, Deleuze o Foucault. En ellos el programa político se convierte en una sensibilidad cultural, y eso es imposible de discutir pues la sensibilidad es… una brisa en el aire. El conocimiento se estigmatiza puesto que el conocimiento es poder. Como detalle de la degeneración intelectual y moral, algunos de estos intelectuales firmaron peticiones en Francia (junto a otros intelectuales como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir) para reformar las leyes sobre la edad de consentimiento y despenalizar las relaciones sexuales no violentas entre adultos y menores de edad. Argumentaban en contra de la medicalización y el control estatal sobre los cuerpos, desde su teoría de la crítica del poder.
Esto demuestra que, como sociedad, tenemos la memoria de un pez y que estos temas que se traen a la plaza de discusión pública no son nuevos.
La civilización occidental, que es una civilización cristiana (no judía, no islámica, no hindú, no budista), se basa en premisas muy básicas, pero solo presentes en ella. La verdad es objetiva y accesible a la razón; el bien y el mal son distinguibles, el hombre es capaz de ejercicio moral con su libertad de elección entre ambos; cada vida es preciosas e insustituible porque Dios puso a cada uno en el mundo con un motivo concreto.
Y esa visión común de esta civilización ha producido belleza en forma de catedrales como la de Amiens o el Monasterio de Iranzu que son geometrías de piedra y esperanza. Esculturas como la Piedad de Miguel Ángel que rompe el corazón. Cuadros de Rembrandt y su verdad poética en El retorno del hijo pródigo. Poemas de Verlaine y Dramas de Shakespeare que ahondan en la verdad efímera, única y transeúnte del hombre.
Y así hemos llegado a este mundo en que las madres que asesinan a sus hijos no son culpables porque un par de hormonas nos quitan la libertad, en que los mentirosos no son responsables de sus mentiras porque, a pesar de recibir todos los parabienes de la meritocracia, el mundo es una manufactura contra las minorías. Pero en este marasmo y podredumbre moral e intelectual, hay motivo de esperanza y esta chispa me ha venido de mi familia. En medio de la mayor tragedia que un padre o una madre puede vivir, una de mis tías paternas me dio una lección de vida y hasta de fe. Palpitando el dolor más supremo, y a pesar de no haber leído a Santo Tomas, San Agustín, la escuela de Salamanca, la de Frankfurt o Kierkegaard me dijo, esta es la prueba de fe que nos ha mandado Dios, nos ha dado todo y ahora nos prueba. No hay mayor clarividencia de vida ni mejor resumen de nuestra civilización occidental que esta sencilla frase. Umbral lo decía así: “Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú.” La verdad no está en la palabra, es una certidumbre intuida en el alma.
Para Ángel!
Referencias
The meaning of your life by Arthur C Brooks 2026
Teoría tradicional y teoría crítica by Max Horkheimer 1937.
The Pattern Seekers: How Autism Drives Human Invention by Simon Baron-Cohen 2020
Rinconete y Cortadillo by Miguel de Cervantes 1613
La repetición by Soren Kierkegaard 1843
Antropología metafísica by Julián Marías 1970