T&T

Este verano de sol irredento está trayendo unos tomates grandes y frondosos. El tomate esa carne de huerta que se embadurna de aceite, zumo de otoño y soles cansados, y vinagre que es una alquimia de oscuro con sombras de vinos viejos. Ahora le damos a la sal del himalaya, como si fuera una sal más vieja, cercana a la salazón inicial del mundo, a Noe y su barco con bichos sin remos.

Umbral cuenta que “Abel es el agricultor que cuida mucho sus frutos y la Biblia dice que para ofrecérselos al Señor; y Caín es el trashumante que cruza el mundo”. Pero Umbral, que escribe muy bien, se equivoca mucho. El agricultor ara la tierra, la siembra y espera la lluvia de primavera. El agricultor es constante porque su afán es lo único seguro, jamás la cosecha. Él sabe, el agricultor es hombre, que el tomate lo trae el cielo con soles y lluvias condimentadas en tiempos. La espera, tiempo contado en paciencia, es lo que hace de ese tomate un regalo, una fiesta.

Y esto me recuerda que el concilio de Nicea tuvo lugar hace ahora 1,700 años, en el año 325 de mayo a julio. Al sur de Constantinopla, en lo que de momento es Turquía. Allí resumieron la fe cristiana en lo que hoy llamamos el Credo Niceno, que recitamos en misa cada domingo. Una de las frases que decimos “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible…” y más adelante “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. La vida como un sostén trascendente continuo porque todo lo que está fuera de Dios es contingente y su existencia no está garantizada.

Y como nuestros días, los que todavía tenemos, los tomates son el afán de la persistencia Divina en la creación.

In utramque partem. De tomates y teología.  

Referencias

What Christians believe by Bishop Robert Barron 2025