Buen aterrizaje, Comandante!

El aterrizaje fue bueno, tranquilo y en hora. La mañana estaba fría, ese frio madrileño seco, humorado y áspero como el secarral ahora helado que lo rodea. El alquiler del coche rápido y simple. Camino a casa. Así como el autobús y el metro enhebra ciudades, a mí el coche me anuda España en país vertebrado. De Madrid a Abárzuza se pasa por la estación de servicio 103, con un pincho de tortilla y un café solo doble, no me puedo dormir. A veces es Soria la que me da la tortilla y café, pero intento evitarlo porque Soria es tan bonita y recoleta que siempre (sobre todo en verano) me tienta con un paseo no tan corto por la alameda de cervantes. Hoy ha sido todo fácil, y he llegado al pueblo para comer. Mis hermanos están en casa, todo está en su sitio. Excepción hecha de la fidelidad de mi familia para con las pochas, que no es tan exhaustiva como la mía, ¡se han olvidado!

Los días se suceden con una rapidez no percibida. Fin de año cae en jueves y bajamos al mercado de Estella. ¡Qué cardos! Acabadas las compras de vegetales, quesos y dulces vamos a comprar petardos en la armería Garagarza. Buena gente, gente del colegio de primaria (Mater Dei). Nos dice que se va a jubilar en marzo. ¡Que vamos a hacer ahora para los petardos del 4 de Julio y para celebrar Groenlandia! Ya se nos ocurrirá algo.

Nochevieja necesita mucha matemática de uvas y hasta nos planchamos la camisa, este año hemos decidido cenar elegantes. Como siempre vemos las campanadas por televisión. El hombre es animal depredador, pero respeta el predio ajeno. No hay ejercicios, píldoras ni elixires para lo que ya no es. El espectáculo Pedroche se ha convertido en un escarnio de cocinilla tabernaria cutre. Hay quien no valora la paz electrodoméstica y cocinada. La mujer, que Blahnik entendió bien, es un ser huidizo exaltado en tacones distantes de canéfora derramadora de nadas queridas. La mujer es etérea, delgada, lánguida, evanescente apenas real. Lo que los hombres veneramos es la distancia, último altar de la mujer. Los hombres no perdemos el tiempo en juglarías por realidades discretas mediopensionistas y menos por tetas ya lactadas.

Como la noche fue benigna y acabó a tiempo, el día de año nuevo fue ligero y hasta placentero. Bajamos a escuchar misa en San Miguel de Estella, una iglesia muy bonita, restaurada, limpia y sencilla.  Sencilla de antes del Concilio Vaticano II, esa reunión de curas en que las guitarricas y la fealdad arquitectónica recibió su título oficial, como cuando en la escuela oficial de idiomas les mandan el papel y oficialmente hablan otro idioma. ¡El chico les ha salido listo! La misa fue breve y relativamente apacible, el cura dijo en la homilía que acabamos pareciéndonos a nuestros padres. La paternidad (en sentido genérico, no se me enfaden las jais) es dejar ir, permitir que se alejen. Crecer es separarse de nosotros, y para nosotros es una cirugía de amputación, lenta y sin analgésicos en primera fila. La ironía de la vida es el círculo. Uno comprende a sus hijos porque lo ha sido y acaba de comprender algo a sus padres cuando ensaya la procreación.  

Hace mucho frío asi que los paseos por Lizarraga no convencen a nadie de la cuadrilla juvenil. La juventud está pegada a “Stranger things” en Netflix. A otra cosa mariposa. Mientras esperamos a Reyes, un amigo alquila una casa rural en un páramo al lado de Olite, frío continental y viento de la llanura. La casa tiene un horno para asar gorrín que es una maravilla. Nos juntamos con las chicas (los que tienen) y los críos. Armamos ensaladas, y sacamos el asado mientras el zumo de uva de muchos colores y geografías nos ayuda en la conversación y la digestión. Es curioso como unen los tiempos principales de la vida, que son pocos, pero son los que importan.

Y por fin llega los víspera de reyes. Esta es una fiesta que me ha gustado toda la vida, pero a la vez es el fin de esos 12 días de navidad. Un alma devorada por las disyuntivas, nada nuevo. La víspera de reyes es de un frío vertiginoso, pero en Estella los reyes salen igual, con sus caballos y sus caramelos. No hay nada tan bonito como la sencillez de un desfile de pueblo, sin publicidad ni personajes de Disney. No me gustan las princesas con bigote que le voy a hacer.

Y tras la cabalgata llegamos a cenar. Los niños, impacientes en nuestra estirpe, afinan el oído para ver si los reyes ya están dejando regalos abajo en el porche. El primo mayor ha organizado zapatos y regalos con alevosía. ¡Cenamos bien y de postre rosco! En nuestra casa siempre hay impaciencia este día. De repente alguien dice haber oído un suspiro, una menudencia, un golpe sordo, una onomatopeya. ¿Alguien sabe algo? ¿bajamos?  Y rompemos escaleras abajo para ver si ya han llegado o nos tendremos que ir a dormir con el aliento contenido. ¡Oh ya han llegado! Marabunta de alegría, cajas y papeles entre zapatos domingueros lustrados. Mi hermano quería empezar a desmontar el ensueño de sus pequeñas que ya rozan los 11 años, pero … el primo mayor puso una cámara oculta y ha tomado una foto de los reyes dejando los regalos en el porche. ¡Ahora tenemos evidencia irrenunciable de que los reyes fueron, son y serán verdad siempre! Dormiremos a pierna suelta y con sonrisa.            

Ya ha llegado el día de reyes, ha nevado y los niños juegan alrededor del fuego mientras ahí fuera el manto blanco y leve dibuja una postal y da de comer al quitanieves. Al atardecer todos se han ido. Mi madre y yo nos hemos quedado solos, fregado los platos y alcanzado una paz doméstica de cocina limpia y soledad en orden. Estamos en ese tiempo en estado puro que buscaba Proust todo el rato.

Como cada año, cuando la navidad acaba me toca huir. Yo huyo después de Reyes, la huida tiene ese vigor, esa violencia del que no se quiere ir. El camino de Abárzuza a Tafalla pasando por Estella, Oteiza y Larraga se me hace duro. El campo está dubitativo, el verde del trigo no es fragante, es un verde en espera, nada elocuente y se mezcla con ese verdín mohíno de la hierba que crece en la tierra que espera la cebada en cuanto asome la primavera. Hasta Tafalla todavía creo que puedo volver a enhebrar el tiempo de vuelta, como Superman, para que el mundo vaya hacia atrás apenas unos pocos dias… pero una vez entro en la autopista el mundo ya me ha capturado, estoy en Nueva York, a partir de aquí todo son minucias administrativas que llaman viaje. ¡Adiós!